Tercer Premio Concurso Literario de Relato Breve 'La Dehesa'

Tercer Premio Concurso Literario de Relato Breve 'La Dehesa'

LA ENCINA Y EL DESTINO

Por Jorge Pérez de Mata

En la dehesa el tiempo no pasa: rumia.

No es una metáfora caprichosa. Quien haya caminado alguna vez por ese mar de encinas separadas como si cada árbol necesitara su propio silencio lo comprenderá: allí el tiempo no corre, mastica. Da vueltas lentas sobre sí mismo, como los cerdos negros que avanzan entre las sombras moteadas del otoño.

Aquel día llegué con la intención vulgar de comer.

El otoño había abierto la dehesa como un libro antiguo. Las bellotas caían con un sonido seco, diminuto, que sólo perciben quienes saben escuchar la paciencia. Los cerdos ibéricos las buscaban con un método que parecía filosófico: olfateaban, elegían, mordían, caminaban tres pasos, meditaban, y repetían la operación como si estuvieran resolviendo un problema eterno.

Observé a uno particularmente solemne.

Era un verraco oscuro, brillante como una idea bien formulada. Su andar no tenía prisa; avanzaba con la dignidad de quien sabe que el mundo ha sido sembrado para su apetito. Comía bellotas con una concentración casi religiosa.

Pensé entonces —y no me pareció una reflexión absurda— que aquel animal estaba participando en una obra colectiva cuya conclusión era un plato.

No cualquier plato: un destino.

En las ciudades solemos pensar que la gastronomía comienza en la cocina. Es un error infantil. La cocina es apenas la última frase de una oración que empezó siglos antes, cuando alguien comprendió que la encina y el cerdo podían formar una alianza silenciosa.

La dehesa es, en realidad, un sistema filosófico.

Las encinas dan bellotas, las bellotas alimentan al cerdo, el cerdo alimenta al hombre, y el hombre protege la encina. Ninguno de los elementos domina al otro; todos participan en una economía antigua donde el equilibrio vale más que la abundancia.

Mientras caminaba, el porquero —un hombre con rostro de madera curtida— me observaba con la indulgencia que se concede a los turistas del pensamiento.

—Aquí los cerdos no engordan —me dijo—. Aquí se hacen.

La frase me pareció de una exactitud casi científica.

En la montanera, el animal no sólo aumenta de peso: se transforma. La grasa se infiltra lentamente en el músculo, como una teoría que se instala en la mente con paciencia. Cada bellota es una lección. Cada paseo bajo las encinas es un capítulo de esa educación gastronómica que terminará, inevitablemente, en una tabla de cortar.

Uno de los cerdos levantó la cabeza y me miró.

No exagero al decir que aquella mirada contenía una cierta ironía. Tal vez intuía que yo era el último eslabón de una cadena que él estaba construyendo sin saberlo.

Continuamos caminando.

La dehesa respiraba con un ritmo tan amplio que parecía anterior al lenguaje. Las sombras de las encinas se desplazaban lentamente sobre el suelo, como agujas de un reloj vegetal.

—¿Sabe usted qué es lo importante del jamón? —preguntó el porquero.

Pensé en la sal, en la curación, en la técnica. Negué con la cabeza.

—El paseo.

Aquella respuesta tenía más profundidad de la que aparentaba. El cerdo que no camina produce una carne torpe. El que recorre kilómetros buscando bellotas desarrolla una musculatura que después se convertirá en esa textura imposible de imitar.

La gastronomía —comprendí entonces— no es sólo química ni tradición. Es también geografía.

Cada loncha de jamón es, en cierto modo, un mapa.

Cuando finalmente nos sentamos a comer, el plato apareció con una simplicidad casi insultante: pan, aceite, jamón.

Nada más.

El primer corte fue fino como una idea delicada. La grasa se volvía transparente a la luz de la tarde. En ella estaba escrita toda la historia que acababa de recorrer: la encina, la bellota, el paseo del animal, la paciencia del secadero.

Probé la primera loncha, y en ese instante comprendí algo que los filósofos suelen olvidar: hay verdades que sólo se revelan en el paladar.

El sabor no era simplemente bueno. Era coherente.

Tenía la lógica de los ecosistemas bien pensados, la armonía de una tradición que ha sobrevivido porque funciona. Cada matiz —dulce, salino, profundo— parecía recordarme que la inteligencia humana no siempre consiste en inventar cosas nuevas, sino en aprender a escuchar lo que el paisaje lleva siglos diciendo.

Miré hacia la dehesa. Los cerdos seguían caminando entre las encinas, absortos en su labor de filósofos gastronómicos.

Y pensé, con una cierta gratitud, que en aquel lugar la naturaleza y la cocina habían firmado un pacto silencioso: convertir el tiempo en sabor.