Memoria de una bellota
Por Antonio Olmos Belmonte
Nací cuando la primavera ya había templado el aire de la dehesa. Fue a finales de abril, tiempo habitual de cría para los de mi especie, el arrendajo, cuando mis padres habían terminado de construir el nido oculto entre las ramas densas de una encina.
Lo levantaron a poca altura, como hacen muchos arrendajos en estos paisajes abiertos: una estructura firme de ramitas entrelazadas, reforzada con barro y tapizada por dentro con raicillas y fibras vegetales. Mi madre puso cuatro huevos de color verdoso moteado; los incubó algo más de dos semanas mientras mi padre vigilaba el territorio con su grito áspero, ese sonido ronco que aún hoy se escucha como alarma del monte. Yo, fui uno de aquellos huevos.
Recuerdo la tibieza constante, el latido amortiguado del viento entre las hojas de la encina, el crujir lejano de lo que después supe eran pezuñas. Cuando rompí el cascarón, desnudo y ciego, dependía por completo de los picos atentos de mis padres. Durante unas tres semanas permanecí en el nido, creciendo con rapidez, cubriéndome primero de un plumón grisáceo y después de plumas pardas, hasta que las manchas azules barradas de negro comenzaron a brillar en mis alas como pequeños fragmentos de cielo atrapados.
Desde el borde del nido vi por primera vez la dehesa. No era un bosque cerrado. Era un mar ondulado de hierba salpicado de encinas y alcornoques dispersos, sus copas redondeadas sosteniendo la luz. Entre los claros crecían jaras blancas, retamas y cantueso; el suelo, en primavera, se encendía con amapolas y margaritas silvestres. Más allá, donde la tierra descendía suavemente, un arroyo serpenteaba entre fresnos y adelfas.
Cuando al fin salté al vacío —porque volar comienza siempre con una caída— mis alas torpes me sostuvieron lo suficiente para alcanzar un ramaje cercano. Así abandonamos el nido los arrendajos: no de un vuelo largo y perfecto, sino de salto en salto, internándonos en el laberinto de ramas.
Fue entonces cuando empecé, sin saberlo, a trabajar.
Dicen los humanos —los he oído hablar bajo las encinas— que nosotros somos sembradores del bosque. No lo hacemos por generosidad, sino por instinto. En otoño, cuando la montanera cubre el suelo de bellotas, recolectamos cientos, a veces miles, y las enterramos para el invierno. Muchas no regresamos a buscarlas. Y así, donde olvidamos, nace una encina nueva.
Pero antes de ese otoño fundacional, aprendí el territorio.
Desde una rama alta vi planear al buitre leonado, describiendo círculos amplios sobre las lomas. Más lejos, en las sierras que bordean la dehesa, anidan los buitres negros, que prefieren las copas robustas de los árboles viejos. El milano real, se cernía con elegancia rojiza sobre los pastos, y en los postes de piedra seca el mochuelo europeo, parpadeaba con gesto serio.
Yo aprendía sus siluetas igual que aprendía los sonidos. El tamborileo del pico picapinos en los troncos, el reclamo metálico del rabilargo ibérico, pariente lejano y vecino frecuente en estas tierras del oeste. Entre la hierba alta se movía la perdiz roja, siempre alerta; y en las charcas temporales, cuando el invierno regresa, se reúnen cigüeñas blancas que caminan solemnes entre el ganado.
Ah, el ganado.
Desde mis vuelos cortos y ondulantes he visto a los cerdos avanzar bajo las encinas en otoño. Hociquean el suelo con paciencia, buscando la bellota madura. Durante la montanera —ese tiempo en que el fruto cae generoso— su dieta transforma la grasa en un tesoro que los humanos veneran. Yo no entiendo de eso, pero sí comprendo el sonido de la bellota al desprenderse, el golpe seco sobre la hojarasca, la carrera apresurada para atraparla antes que otro pico.
Las encinas son mi casa. Sus hojas coriáceas resisten el verano extremo de estas tierras de Extremadura y de Sierra Morena. Bajo su sombra se mantiene la humedad que permite crecer al pasto; en sus troncos agrietados encuentro insectos y refugio. En los inviernos fríos, cuando la escarcha blanquea la hierba al amanecer, mi plumaje se eriza y busco el sol naciente desde una rama orientada al este.
Mi vuelo no es, ni mucho menos, largo ni majestuoso como el del águila imperial ibérica, que a veces cruza el cielo con autoridad silenciosa. El mío es breve, ondulante, hecho de decisiones rápidas. Salto de encina en encina, escondo una bellota, observo. Lanzo mi graznido áspero cuando un zorro se acerca demasiado o cuando percibo la sombra de un azor entre las copas.
Sin proponérmelo, soy centinela.
En verano, el aire vibra con el canto de las chicharras. El suelo se agrieta y el verde se vuelve ocre. Desde lo alto contemplo el mosaico de la dehesa: manchas claras de pastizal, círculos oscuros bajo cada árbol, muros de piedra delimitando parcelas antiguas. Este paisaje no es salvaje del todo; ha sido modelado durante siglos por manos humanas que clarearon el bosque para permitir el pasto sin destruirlo. Es un equilibrio delicado. Ni bosque cerrado ni campo desnudo.
Yo no reflexiono sobre ello; lo vivo.
Cuando llega el otoño y las primeras lluvias golpean las hojas, comienza mi verdadera tarea. Recorro el suelo recogiendo bellotas con precisión casi avariciosa. Las llevo en el buche, una, dos, varias a la vez. Vuelo unos metros, salto, escarbo con el pico y entierro. Marco mentalmente el lugar con referencias invisibles, una piedra, una raíz, la inclinación del terreno.
No siempre regreso.
Y donde no regreso, brota una encina.
He visto germinar algunas de esas semillas olvidadas: primero una pequeña hoja verde, luego el tallo firme resistiendo el invierno. Años después, ese brote será sombra para un cerdo, posadero para un milano, soporte para otro nido como el que me vio nacer.
Pero aún soy joven. Todavía me sorprende el primer frío del año, el primer trueno de tormenta, el eco lejano de las campanas del pueblo cuando el viento sopla desde el sur. Sigo aprendiendo cada sendero invisible del aire, cada escondite bajo la hojarasca.
Y mientras salto de rama en rama, mientras entierro una bellota más bajo la tierra húmeda, siento que algo en esta dehesa depende de mis olvidos.
Por eso vuelo ahora hacia el límite del claro, donde una encina vieja se inclina sobre el arroyo, y el suelo promete nuevas semillas que esconder…
Fue junto a esa encina vieja, donde beben las vacas en verano, donde lo conocí.
Yo acababa de enterrar tres bellotas —una para el invierno, otra por si el invierno se alargaba, y otra porque me pudo la codicia— cuando oí el resoplido.
—¡Oh ministro alado de la providencia bellotera! —tronó una voz grave desde la espesura—. No sepultéis tan presto mi sustento, que no hay tesoro mejor invertido que aquel que reposa primero en mi estómago.
Bajé a una rama más baja.
Era un cerdo. Negro como la sombra bajo la encina, con las orejas caídas sobre los ojos y el hocico húmedo de tierra recién removida. Sus pezuñas estaban manchadas de barro y bellota triturada.
—Yo no entierro para ti —le dije con sinceridad—. Entierro para cuando el frío aprieta.
Él alzó la cabeza con solemnidad exagerada.
—Y yo, señor plumífero, como filósofo y humanista del hocico, os declaro que vuestra previsión es mi banquete diferido. Enterráis con esperanza; yo desentierro con diligencia. Tal es la armonía de este orbe adehesado.
No entendí del todo, pero me cayó bien. Se llamaba don Ibérico. Decía haber nacido en primavera, como yo, bajo otra encina no muy lejos de allí. Recordaba el olor a leche tibia y a tierra húmeda, el roce de sus hermanos empujándolo para alcanzar la ubre
—Nacemos muchos —me explicó un día mientras hozaba concentrado—, mas no todos filosofamos. Yo, desde lechón, mostré inclinación al pensamiento profundo y a la siesta ilustrada.
Vivía en la dehesa desde pequeño. Había aprendido a distinguir la bellota dulce de la amarga, la caída reciente de la vieja, la escondida por pájaro de la enterrada por descuido del viento.
—Vos, discreto sembrador del bosque —me dijo una tarde—, sois artífice invisible de mi ventura. Donde olvidáis, yo hallo; donde ocultáis, yo prospero. Si no fuese por vuestra amnesia selectiva, mi montanera sería menos pródiga y mi figura menos rotunda.
Yo ladeé la cabeza.
—No lo hago por ti.
—¡Ni yo engordo por la gloria! —replicó con fingida indignación—. Cada cual cumple su oficio sin sospechar que sirve a otro. Ved cómo el milano real sobrevuela esperando descuido ajeno; cómo la cigüeña blanca hurga tras el arado; cómo el hombre clareó estos montes para que haya pasto sin matar la encina. Todo en esta dehesa es concierto sin partitura visible.
Me gustaba escucharlo. Mientras él hablaba, yo saltaba de rama en rama, vigilando el cielo por si el azor cruzaba silencioso. Él, mientras tanto, removía la tierra con metódica pasión.
—La montanera —decía— es mi universidad y mi destino. En otoño, cuando las encinas derraman su tesoro, el mundo se vuelve redondo como mi porvenir. Camino leguas y leguas, ejercitando el cuerpo y la gula, y cada bellota es capítulo de mi biografía grasa.
—Yo también recojo muchas —respondí con cierto orgullo—. Las guardo aquí y allá. A veces no las encuentro luego.
Él soltó una risa que fue más bufido que carcajada.
—¡Bendita desmemoria! Vuestra distracción es mi despensa. Sabed, oh arquitecto del olvido, que no todas las que enterráis son descubiertas por mi hocico docto. Algunas germinan y alzan tallo. Y bajo su sombra futura, tal vez pasten mis nietos.
Un día le pregunté si temía al invierno.
—Temo más al verano sin bellota —respondió—. El frío se combate andando; la escasez, pensando. Mas aquí, mientras las encinas se mantengan y los arrendajos prosigan su oficio sepulturero, no faltará sustento. La dehesa es pacto antiguo: árbol, ave y cerdo. Y aun el hombre, que a veces parece olvidarlo, depende de tal triángulo.
Volé hasta el suelo y enterré otra bellota frente a él, deliberadamente visible.
—Esta es para ti.
La desenterró con delicadeza teatral.
—Acepto la dádiva con gratitud—declamó—. Mas no olvidéis enterrar otras en secreto, que de vuestros olvidos nace el mañana.
El sol descendía sobre las lomas onduladas. A lo lejos, una pareja de buitres leonados giraba en círculos amplios; el canto seco de una cogujada se alzaba desde el pastizal. El aire olía a tierra removida y a fruto maduro.
Yo sentí algo nuevo, algo que no era instinto ni alerta.
—Cuando yo vuele lejos —le dije—, ¿seguirás aquí?
Él guardó silencio un instante, mirando el horizonte donde la dehesa se funde con la sierra.
—Los cerdos somos viajeros de corto radio y destino largo —contestó al fin—. Puede que un día no me veáis bajo esta encina. Mas si halláis una bellota enterrada y olvidada, pensad que en su sombra habrá siempre memoria de nuestros diálogos. Y si escucháis a otro de mi linaje filosofar con exceso, sabed que algo de mi verbo se habrá filtrado en su sangre.
No supe qué responder.
Así seguimos: yo sembrando sin intención; él desenterrando con elocuencia. Entre salto y hozada, entre olvido y hallazgo, la dehesa respiraba su equilibrio.
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